Sueño III

Al momento de cortar la torta, justo cuando los novios sostenían el cuchillo, cuando todo parecía un cuento de hadas, una canción empieza a sonar en mi cabeza, en todos lados, en el salón, afuera, en el patio, en el escenario. "Nada es para siempre" decían los versos de Fabiana Cantilo a tiempo de que yo me desesperaba, por algo que no sabía. Es entonces cuando se escucha un sonido metálico, seco. Vacilé sobre si lo que yo creía sería cierto o no, pero por algún motivo, la novia, hermosa como estaba, se cae a pasos dubitativos hacia atrás, con un manchón rojo, que no paraba de acrecentarse segundo a segundo, saliendo de su cuello y manchando el blanco virgen de su vestido. A una milésima de segundo, el novio cae hacia atrás después de oírse otro golpe metálico, seco. Y su traje negro, intacto, comenzaba a apreciarse como mojado. Fue en ese momento que comprendí lo que pasaba, los habían herido, a quemarropa. Yo estaba desesperada, pero no me movía de mi silla, la gente, no se movía, es más, parecía divertida o inconciente como si en realidad no estuviese en esa boda, pero aún así sonreía. Casi sin previo aviso a mi conciencia, se da a conocer un  un hombre, de pelo largo, unas cejas muy espesas, que podía decirse que era una sola, con ojos negros también, pero no con brillo, ni alegres como los de ella, sino más bien opacos, llenos de maldad. De un silbido que emitió desde su asquerosa boca baja un pelotón de hombres encargándose de dispararles uno a uno a todos los invitados.