Yo miraba aterrada, pero los invitados no se movían.
Me atrevo a decir que hasta les permitían a los que llegaban que les disparacen, como si fuese placentero. Veía desangrarse a cada uno de ellos, empezando por las primeras filas, y veía como los acomodaban a todos dentro de bolsas de arpillera. La gente era ejecutada uno a uno de izquierda a derecha, de adelante hacia atrás, y yo era la última, en la última fila, lo más a la derecha posible. La gente se desangraba y moría por doquier y los otros no tenían ningún rastro de alertarse. Todos los disparos hacían que mi corazón latiera cada vez más rapido, que mi mente se olvidara de todos los pensamientos que pudo haber tenido alguna vez, que la presión sobre mi pecho fuese más y más intensa, -porque esperaban de a diez segundos entre persona y persona, y eran exactamente cien invitados-, lo que se hacía una eternidad. Yo no corrí, no corrí y no me escondí en ningún lugar, me mantuve sentada mirando como uno a uno mataban a todos, y todos estaban sonriendo. Los novios, en sus ataúdes los cuales estaban cerrando, la persona que estaba sentada a cuatro personas mías desangrándose, ya. Y yo, sin moverme, al igual que el resto. Con la diferencia de que mi mente no sonreía, mi cuerpo no sonreía, estaba desesperada y no había forma de escapar, porque tampoco mi mente demandaba hacerlo.