Sueño VI

Sentí la picazon de la bolsa en la que me metieron a mí, y pude ver a la persona sobre la cual yo estaba, sonriendo, pacíficamente, sin moverse, con sangre chorreando en su boca y dando los últimos parpadeos. 

Supuse estar muerta ya, pero simplemente me había adormecido, al igual que mi cuerpo. Lo supe, porque me levanté, toda mojada ya, infectada de aquél espantoso olor, ese sabor en mi boca, que hacía que me dieran arcadas. Observé que ya no estaba en la bolsa, estaba en el pasto pero estaba sola, completamente sola y ya no había vuelta atrás, vi noventa y nueve ataúdes cerrados, y ennumerados, que estaban siendo enterrados. Me invadió nuevamente el temor, me pregunté si me enterrarían viva. No lo podía creer, era de noche, hacia frío, mis pies morados por la helada, y el rocío que mojaba mi vestido y hacía que yo tiritara. Tenía mis brazos hinchados y adormecidos, no tenía idea de cuánto tiempo había estado dentro de esas bolsas. Pero tenía muchísima sed, cosa que noté al no poder mojar mis labios al pasarme mi lengua. Era tanta la sed, tanta la necesidad de agua en mi cuerpo que lamí el rocío del pasto, con lo que me quedaba de energía. Entonces sentí un golpe, uno tan fuerte que me asustó, un golpe que me debilitó los brazos hinchados, que ya no sentían. Sentí otro más en mis pies, que me dieron un calambre por el frío. Sentí otro más, cerca de mi hígado. No sabía de donde venían, quién o qué me golpeaba, sabía que dolía mucho y que seguía sangrando. Simplemente, no podía gritar, ni reaccionar, ya casi ni respiraba.