Caminando le pasó, a esta señora tan apasionada que lo conoció. Caminando fue que lo vió y por un instante voló y creyó estar en las nubes. Era él. El hombre con el que había soñado siempre- Nunca se sabe. Su vida ya era demasiado rutinaria para la rutina. Osea la rutina tiene más variaciones que la vida de esta señora tan apasionada. Su pareja, gran trabajador. Vive en la simpleza de trabajar todos los días 15hs. al día y eso produjo su vida así tal y como era, los lunes solamente haría la comida y luego ordenar. Mas tarde descansar. Los martes en cambio, había mas trabajo que antes, dado a que tenía también que planchar la ropa para el miércoles. El miércoles ya era complicada la cosa. Porque la ropa planchada del día anterior era usada, y tenía que lavarse, así la semana siguiente podían reusarla. De los viernes ni hablar, la rutina ya era tanta que las cosas las hacía como una computadora. Como un robot. Ella lavaba la ropa de la semana y cocinaba puchero al mediodía a la merienda una manzana verde y un té con miel, y para la cena pizza. Siempre pizza. Del sábado no hay más que decir que su novela estaba a las 13hs. y hasta ese momento, por lo tanto dormía, porque no había nada más que hacer. A la tarde tejía y tejía. Nunca se sabía qué exactamente. Pero contaba y cuando llegaba a 300 puntos lo deshacía. Y el domingo... bueno el domingo era día de descanso, y su marido preparaba la cena. Claro que el descanso era lavar la ropa del lunes, plancharla y dejarla a los pies de la cama, camisa, a la derecha pantalón y medias, a los pies zapatos y cinturón de hebilla de los lunes-el de plateado, sin margen de error para combinar con la corbata.- a las 20hs. ya estaba en la cama como cada domingo.
No hablé del jueves... y ¿porqué? Porque ella ya no se acordaba de sus jueves del pasado, no recordaba que era lo que hacía esos días, en su rítmica rutina ahora también estaba él. Ese jueves lo vió, y ¡hay Dios! si lo olvidara se moriría de angustia. Y entonces todos los jueves pasaba por ese barrio, ese día con esa navaja, ese día con sus ropas todas rotas a causa del uso excesivo y ese hedor, que la hizo sentir nueva. Porque si fueramos a la profundidad de su rutinaria cabecita, encontraríamos los jueves como el día en el que compraba la pizza del viernes, quizá. Nadie sabe bien qué hacía por la calle esta señora ese jueves. Pero sí saben que pasó. Este hombre la tomó por detrás e intentó asesinarla. Y ella no tuvo mejor idea que agradecerle el gesto. Por supuesto, nunca entendió de qué hablaba este hombre. Su rutina estaba tan marcada que no reaccionó en una primer instancia. El hombre quedó tan confundido que sólo le robó la pizza y corrió lejos, lo más lejos posible.
Los vecinos se agarraban la cara del susto, pero ella no lo notó, para ella todo seguía igual, en su cabeza, todo estaba como antes. Tal cual al jueves anterior. Sólo que ahora, había incluido este pequeño evento, y tendría que volver a la pizzería. ¡Sí! tendría que volver y decirle que se le había caído la pizza, tendría que cambiar el diálogo, y entonces recordó. No tenía más dinero que para una sola pizza... ¡Mejor aún! tendría que volver a su casa, y hablar con su marido de un tema en particular, tendría que ir a la pizzería y contarle el evento al señor de la pizzería y entonces recordó, que no había dinero en la casa. Era su día de suerte. Iba a tener que pedirle al señor que le fíe. Estaba feliz, estaba tan feliz de cambiar su asqueroso mundo rutinario que llorando le pidió al pizzero una pizza y que la fíe. Y analizando algo nuevo en la cabeza, comprendió eso que antes no. Que se había enamorado de aquél hombre que la había quitado de su rutina. Y entonces sin falta, todos los jueves repite la misma actividad. Pero su rutina había vuelto a la normalidad. Y los jueves ella no recordaba qué hacer, solamente pensaba en que quizás ese hombre volvía a aparecer y su vida ¡volvía a cambiar! aunque fuera un segundo. Sólo eso quería.