Quizás sea eso. Siempre sentí demasiado, y quise demostrar muy poco. Y a veces no demostrar es el motor de explotar. Y a veces no exploto, imploto.
Sentir tanto puede cargar un doble filo, está como en algún momento dije, simplemente el correr a fluir, a sentir y a darme la cabeza contra la pared. Pero, qué tal si puede paralizarme? Sentir todo y no hacer nada por miedo a que pase algo que no está en mi control.
Y es que, es parte de mí el querer tener el control. Generar esas hipotéticas respuestas ante una eventual reacción mía y de tanto pensar, surge el no: No creer, no confiar, no querer, y no moverme por eso que quiero de verdad porque
... y si no lo quiero?
Cómo pretender que alguien entienda lo que siento?
Esa vibración punzante en el estómago que no deja que el aire entre cuando de verdad no entiendo ni yo misma lo que las mil Galas esperan que pase al empezar a correr sin control en las oficinas del sentir en mi cabeza, frente al imprevisto y los contratiempos de todos los días.
Y estoy hablando del buen querer y estoy hablando del buen vivir. Y las mil Galas en los box de mi cabeza no paran de correr. Y entonces yo tampoco.
A veces me da curiosidad todo si siento cerca la implosión y es que, quizás sea mejor así, ir bajando la velocidad e ir acercándome (aunque con cautela) ahí, a la zona del no-confort, porque no es del todo imposible que sea yo la que carga con el peligroso doble filo, y que ser consciente de eso sea lo que me paraliza en realidad. O quizás todo lo tenga y lo mejor, para no salir con unos cuantos raspones en las rodillas, sea nunca parar de correr. Pero, a mi entender, la verdad de la milanesa es que cuando nos animamos (y si nos animamos) a parar, aunque sea de a poco, parar, nos volvemos todos unos temerarios hermosos y bastante soñadores que buscan abalanzarse a sentir(mucho, aunque se demuestre poco).