Te dejás pisar, te dejás romper. Te dejás quebrar. Juraste que no ibas a permitirlo nunca pero igual te dejás mentir, te dejás cagar. Te dejás corromper y dejás que cada pieza de inocencia adentro tuyo se te escape de entre los brazos, en tus abrazos.
Te lo dicen pero no escuchás, no querés. No querés ver para creer, ni creer para ver, ni nada. A veces es mejor que ciertas cosas ni existan, dijiste.
Pero sos consciente ahora(y para siempre) que resulta que sos la única responsable de no haber querido aceptar la realidad.
Decidís conformarte y encerrar los instintos para seguir adelante. Vaya cosa viciosa: seguir.
Después entendés(a prueba y error), que al final la chancha y los 20 no son posibles al mismo tiempo. Pero no estés mal.
Te negaste tanto en su momento el aceptarte como creadora de ese inexplicable dolor que ahora da rabia derribar el orgullo. Será que arde así, el siempre querer tener la razón.
Quizás sea patológico esto de buscarle otro autor culpable a lo que incómodamente nos arranca de la confortable rutina, aunque en el fondo de tu ser más de una vez te encontraste susurrándole amablemente que eras vos la que quería huir del confort a tu estresada "yo" del pasado. Siempre vas a ser tu inevitable condena: como tu propia enemiga si te hace permanecer detenida en tus aspiraciones; tu heroína si hace que persigas lo que le urge que merecés, que hace que corras si no te sentís en tu lugar.
Pero está bien, le echaste picante.
Perdoná(te). Te va a hacer bien. Vas a volver a unir esas piezas, y con mucho impulso aquél rompecabezas perdido en el éter que se desarmó de desamor, va a dibujar la inocencia otra vez.
Después de todo... Qué punto tiene el ser humanos si no nos equivocamos todos un poco?