(Es)pera

No fue nunca difícil soñar para mí, y de tanto en tanto se me cruzaba que por alguien que uno quiere se puede ser lo que se quiera, renunciando a nuestra esencia.
No fue de un momento a otro sino, más tarde que temprano, que me dí cuenta que era el viejo olmo el que estaba harto de aclararme que yo no le podía pedir peras, porque no me las podía dar.