No me cansaba de tropezar con la misma piedra, nunca.
Un día la piedra re podrida de verme pasar y seguir, cobró vida.
Le salieron unas pestañas larguísimas que contorneaban sus ojos grandes, demasiado brillantes, marrones, que si les daba el sol podía jurar que tenían algún dejo de pardo.
Parpadeó varias veces y se aclaró la garganta. Pegó un suspiro como quien agota su paciencia después de un largo período de guardar mucho silencio.
Me dijo que pensara en la posibilidad de que no estuviese bien lo que estaba haciendo considerando de dónde venía y hacia dónde quería llegar.
Primero me enojé con ella, pero después conmigo, porque lo que me molestaba no era esa piedra, ni lo que tenía para decir.
Me molestaba mi estúpido contexto, que me parecía tan vacío ahora que había descubierto los ojos de mi piedrita, esos jodidos ojos que sin quererlo y sin permiso me hicieron olvidar de todo lo demás.