Había perdido a su hermano cuando eran jóvenes, y había quedado como hijo único. La vida hizo que sea una persona fuerte, capaz de mentir sobre sí mismo aunque duela, para fundirse con su vieja y sobrevivir a toda la debacle.
Se dedicó a dar la vida por ella, todo, que no le falte nada. Se dedicó a no faltar él nunca y a no faltarle a la familia que su hermano había dejado desarmada después del accidente.
Nunca reprochó nada, nunca exigió nada, y su corazón siguió abrazando a esa descendencia que siente como propia hasta el día de hoy.
Un día cuando ya habían pasado quince años del desarraigo de su compañero de vida, una sobrina lo eligió para que fuera el acompañante en su viaje de egresados.
Fue instantáneo el "sí".
En la segunda o tercera tarde en Bariloche llegó el momento de sacarse la foto con el bendito perro San Bernardo que tiene más años que la injusticia y está tan quieto que parece una estatua. Deciden sacarse la foto y se van acomodando.
"Acercate a tu papá" dijo el fotógrafo.
Y un abrazo que lo dijo todo para que nunca más se dijera nada.