A veces marco mis libros. Les doblo las esquinitas. Me gusta porque funciona de un modo extraño. Sé que lo voy a encontrar en algún futuro incierto y que lo voy a querer leer.
Es más, más de una vez vuelvo a elegir esos textos. Los releo y me vuelvo a reír, o a llorar, o a dejarme llevar.
Mi yo del pasado está atenta a qué me gusta y qué me hace falta repasar.
A veces igual enderezo las esquinitas que en su momento valieron el daño a la hoja como improvisado señalador.
Me sorprendo "¿en qué estaría pensando?" y desmarco.
Esas puntas no vuelven a llamarme la atención desde lejos, pero si releo todo el texto la hoja se encarga de avisarme que algún día fue lo de lo más trascendente, mientras se niega a pasar desapercibida con su cicatriz diagonal.
Me pregunto si funciona todo así.
Si después de todo somos como los libros y se trata de enderezarnos para no pasar por alto esas historias, así sean fugaces relatos que, a veces de alegría y a veces de tristeza, se pueden ver como las marquitas después de algún quiebre, y que nos hacen ser lo que somos.