Me rompí y me rompieron. Me desarmé como un rompecabezas y se me mezclaron todas las piezas. Pensé que las podía comprar, y en vanos intentos de gastar y gastar en noches y momentos y en entradas y en lo que sea, para no tener tiempo de pensar, pensé. Pensé un montón igual. Como esa gente que no tiene nada que hacer, pero haciendo de todo.
Pensé en todos los escenarios posibles, mi cerebro divagó en idiomas desconocidos, me inflé, me desinflé, me dormí y me desperté, así como viajé al pasado y al futuro, pero tuve que volver en mí cuando me tatué que al final todo se trata de renacer y no de morir. Porque morir, nos morimos todos.
Pero el tipo de arriba me dijo que mis piecitas no se pueden comprar ahora, se vende el paquete completo y cuando te mandan para acá.
Después de las revolcadas y de amores desamorados, del fault y del knock out, lo volví a intentar.
Quizás se me piantó algún lagrimón por alguna que otra pieza que siempre me va a faltar, y si bien en el camino se me cayeron unas cuantas, fue todo un show cuando me alejé para mirar mejor, porque les juro que las que me quedan están todas obedientemente ordenaditas, listas para buscar su nueva combinación, alguna correcta ubicación alternativa cual Rayuela, y que si mirás con cautela suficiente y entrecerrás el ojo derecho inclinando un poco la cabeza a la izquierda, ya dejan entrever el dibujo de un corazón atrevido que quiere y está agazapado, listo para volver a saltar.