A su sexo. A su aliento en tu nuca. Al beso a la mañana. A su desodorante en tu almohada. A su risa con tus chistes estúpidos. A enredar las patitas en la cama y las manitos en la calle.
Y a las peleas inmundas. Al desgano en las salidas. A no ponerte perfume, y no pedirle un abrazo. A confiar en alguien más. A la rutina y entonces, a no esperar nada.
A la nada también podés acostumbrarte y me contó un pajarito que una vez que sentiste fuerte la falta de contención en los días de viento rabioso, corrés el riesgo que se te enrede el ovillo que tenés en la cabeza(y de tener que arrancar a cortar hilos para volverte a encontrar y poner todas tus ideas en orden).