Un pueblo chiquito, sobresaturado de gente abre sus puertas a turistas de todo un país. Se tiñen los lugareños con enojos y risas, que hacen historias en un radio de ínfimos kilómetros en la provincia de Córdoba.
Era mi primer noche y yo caminaba por una calle atiborrada de gente, donde no cabía ni un alfiler entre los peatones que luchaban por abrirse paso y los que paseaban con total tranquilidad.
Buscaba cogoteando a los bailarines de turno si escuchaba chacareras, escondidos o alguna zamba en plena San Martín.
Me paré en seco cuando un apurado me llevó puesta como si fuera la hija del vidriero. "Giles hay en todos lados", pensé, "éste debe ser de Capital". Con el golpe, giré a mi izquierda y posé la vista sobre mi abuela, que iba despacio y renga, pero iba. Más allá, otra persona que tenía dificultades para caminar, como ella. ¿Qué tendrá? nadie sabe, nadie quiere saber qué contamos debajo de la ropa, qué nos duele, qué nos trajo hasta acá.
No nos gusta que se evidencien esas cosas que cuando nos desnudamos nos hace sentir vulnerables, imperfectos, chiquititos. Esas cosas que nos peleamos por disimular. Que dicen más de lo que nos gustaría contar.
Seguí mi camino y más allá ví una madre que llevaba con orgullo y cuidado a su hija con dificultades motrices. La gente ni la vió pasar, ni a ella, ni a su orgullo, ni a su cuidado. ¿Cuántas preocupaciones habrá podido abandonar en de donde sea que venga? y ¿cuántas se habrá traído hasta acá?
Al mismo tiempo una pareja de baile se abrazaba con el silencio que viene después de una linda zamba y ¿cuántos besos se estarán negando en este mismo momento?
Ví las miradas cómplices entre dos nenes que se iban al pique lejos del padre, que gritaba con la garganta agotada de querer controlar. Lo miré más ¿Qué marca esconderá bajo su ropa que lo haga especial? Apendicitis, by pass, mal de amores.
Me pregunté ¿Cuántas cosas ocultamos todos, entre todos, a todos los demás, debajo de la ropa? Un amor que no queremos asumir, una mirada que procuramos evitar. ¿Cuánto de todo eso deja de ser cierto por ser oculto?
Me miré a mí misma y de repente había caminado tres cuadras más. Mierda. Me pasé. Pero me miré, y ahora soy ajena a mis propias miserias. Retomé el camino queriendo saber qué me niego, qué no elijo, qué no quiero contarle al mundo porque es privado y ya. ¿Qué escondo cuando no me saco la ropa, cuando no me saco las capas que inventé para no mostrar las siempre intensas fibras de mi ser? Me desconocí, visitante en mi propia conciencia. Apuré el paso imaginando las cosas que ocultan y las que conversan mi ropa, mis dolores y mis risas y las que buchonean mis besos y mis ausencias y mis presencias, esas que no quiero que se sepan. Casi llegando a la Próspero Molina paré en una vidriera. Entre dulces nos reflejamos todos como del otro lado del vidrio. Nos ví como en un video. En el reflejo del amontonamiento, nos pude mirar a todos andando y no entraba ni un alfiler entre nosotros.
Y ahí íbamos, contentos, enojados, ausentes o presentes, todos vestiditos, pero íbamos.