"Atención, señores pasajeros: les solicitamos coloquen el modo avión en sus telefonos celulares..." palabras, palabras menos, lo que nos dice la azafata.
Me siento bien derechita y me ajusto el cinturón. Abro la ventanita para chusmear las luces de Capital y la ciudad parece mágica desde el cielo a las 22hs. El centeno en las calles pareciera dar destellos cuando lo encontrás entre los edificios. Las veo desaparecer y entonces, negrura absoluta -y un poco desoladora- del océano nocturno.
Quiero elegir una peli pero los pensamientos se nublan un poco. Todo se me nubla un poco una vez que me voy.
Me pone nostálgica el avión, pensando en que quizás se caiga. Pensando en no pensarlo. Pensando en qué le diría a mi familia si fuera la última vez que los voy a ver. Repaso mis últimas charlas, veo si me arrepiento de alguna cosa. "Cortala", me reto a mi misma y arranco a elegir una peli. Las obligaciones que dejé alla vienen a mi mente y el cómo voy a hacer para encararlas, son muchas las faltas, vuelvo y no me puedo resfriar. "Cortala, es ansiedad".
Me pregunto si todo el mundo se pondrá nostálgico al despegar, o si me pasa a mi que no soy voladora frecuente. Quizás sea culpa del famoso "Dejá tus preocupaciones acá" que se contradice con mis caracteres de personalidad. No sé dejar las preocupaciones allá, ni acá, ni nada.
Mamá se está durmiendo mientras otros pasajeros chequean sus celulares con la esperanza de filtrar algun Whatsapp o que les hayan cargado las vidas en el Candy Crush. Ya comprendo de antemano que no voy a poder charlar con nadie más y sigo, ¿Será que dejamos un pedacito de algo? De nosotros, quiero decir. O, por ahí ésta nostalgia que siento ahora, está relacionada con perder un poquito el control de las cosas, al dejarlas atrás y sumergirte en una nueva oscuridad a no se cuántos miles de metros sobre el nivel del mar.
Viene la cena y despierto a madre. Elegimos un plato cada una, para poder probar ambas cosas. Sin penas ni gloria pasa ese momento y encuentro "Asesinato en el Expreso Oriente", PLAY.
La película está andando pero qué dificil es desconectarse del todo. Estamos todos mirando algo en nuestras televisiones individuales. ¿No veníamos a desconectar? Creo que nosotros también nos convertimos en dispositivos y nos ponemos un poco en modo avión cuando nos vamos de vacaciones.
Cuando hubo pasado la noche, se sirvió el desayuno. Despegue, traslado y confesiones de chofer venezolano mediantes, llegamos al hotel.
Somos las reinas de los imprevistos con mi madre y al encontrarnos con que nuestra habitación no estaba lista, nos fuimos a la playa así como estábamos.
Caminamos una cuadra, y, con la ropa del avión todavía, avistamos la blanca arena.
Estábamos atosigadas y con las piernas hinchadas. Igual caminé un poquito y junté unos cuantos caracoles raros junto al mar mientras pasaban corredores aislados a mi lado. Volví a mi lugar para proponerle a mi vieja que se sume y que vayamos a dar unas vueltas por la playa. Sin embargo, el agotamiento venció tanto a mis piernitas, como a mis ganas que, con sueño, encontraron rapida compañía para ella.
Nos subsumimos en el silencio y dejamos que el sol nos limpiara de lleno en las caras, en el pelo, en las manos y los pies después de conocer el agua de Miami.
Solamente el mar se escuchaba y las decenas de gaviotas que nos rodeaban.
La playa estaba vacía 9a.m. tal como si fueran las 7a.m. en Mar del Plata. El sol pegaba desde lo bajito, porque había asomado hacía recién cosa de una hora y pico, y al compás de un viento suave y salado, nos meció calentitas hasta realajar.
Así, al cabo de unos cuantos minutos frente a la inmensidad azul, habiendo convertido la adversidad en fortuna y disfrutado de lo que tocó (porque sí), lo ví clarito:
Nos volvemos un poco más humanos, en realidad, en nuestras vacaciones. Cuando ponemos modo avión en los dispositivos, y modo turista en las preocupaciones.