#13J

Volví de la facultad corriendo a casa, me encontraba con las chicas para hacer base y salir a capital. Armamos sanguchitos, compramos galletitas, nos pusimos pañuelito verde y salimos a la estación de tren. 
Mucho frío hace por junio en la provincia de Buenos Aires y estábamos emponchadas a más no poder, sin embargo, nada nos detuvo para ponernos manos a la obra en plena estación e intentar incursionar un poco en el (al menos opinable) arte del Make-Up feminista que nos caracteriza de verde bien chillón.
Lookeadas ya con pañuelos (que hacían las veces de vincha, colita del pelo o bufanda) y radiantes de brillantina caminamos hasta quedar próximas al lugar del último vagón cuando el tren llegara. 
Estaba un poco nublado (como siempre por estas fechas en La Plata) y cuando se asomó un pedacito de sol me fui sola y me senté a sentirlo un rato.
“Está haciendo la fotosíntesis” me cargaban y lo cierto es que sí. Para un día como hoy, necesitaría muchas energías (de donde vinieran: del sol, de mis amigas y de sus abrazos, por ejemplo). Nos reímos y entonces nos miré a todas, y a nuestras historias totalmente distintas. Estábamos hablando y (por lo menos a mí) se me escapaba la ansiedad en los movimientos nerviosos y en el tono de voz un poco más agudo que de costumbre. 
Cuando entramos un poco en tema, intentamos armar la idea sobre cómo es que deben suscitarse las cosas para que una propuesta llegue a ser ley, y una señora nos interrumpe:
“Qué lindo eso que decís”. 
Ella nos dijo que nos admiraba. Y que le gustaba lo que estábamos haciendo “Esto sirve para que el pueblo no sea manso”, nos decía. Y empezó a expulsar información, se le caía de la boca, de los ojos y de los poros. 
Que había ido a la facultad de derecho en plena dictadura militar. Que no había desaparecido de casualidad. Que el aborto le dolía un poco porque su mamá había sido dada en adopción y que si hubiesen abortado a su mamá ella no existiría. Pero que igual nos entendía, y a nuestra causa. Y que quería que luchemos para que el día de mañana las cosas sean mejores. 
Y “que sea ley” dijo cuando nos estábamos despidiendo porque el tren ya había llegado.
Si me preguntan qué se vive en las marchas, en las convocatorias, qué se vive en el feminismo, es eso. 
Eso es lo que estamos viviendo ahora, mujeres empoderadas levantando voces de quienes ya no pueden. Empatía y generosidad trasversal a cualquier género con gente desconocida que quiere vernos fuertes, luchando y exigiendo que se nos respete. Sonrisas silenciosas ante argumentos bien colocados, por algunos oidores anónimos que tímidamente sienten el tembleque de la deconstrucción.
Por ahí para vos fue un simple comentario, una tiradita de fuerzas y garras para las que hoy en día estamos en la calle, como quizás a vos te hubiese gustado y no pudiste (porque probablemente no era el momento ni el lugar). Pero todo eso que me dijiste yo te lo tengo que agradecer igual. Son sonrisas que no creo ser capaz de olvidar. Perdóname por no saber tu nombre y gracias. 

Para siempre gracias.