Algunas madrugadas, me cuestiono.
Integra, toda, entera.
No me queda un detalle sin objetar.
Qué hago, qué soy, qué quiero. De repente se me desdibuja la percepción cotidiana de mí misma y me siento capaz de moldearme a gusto y piaccere.
Mis gustos, mi ropa, mis decisiones.
Algunas otras, en cambio, entran en acción momentos vergonzosos que me dan calor a la cara en medio de la oscuridad, o que me descubren sonriéndole a la almohada, ante lo que hice, lo que fui o lo que quise.
En cuanto a lo planeado no le dedico demasiado, porque de un modo natural mis primeros intentos terminan fallando por decantación.
Resulta que en algún momento en el cual debo haber estado subsumida en el silencio de mi cama, entendí casi como un regalo, que soy hija del rigor y que bajo la presión del contratiempo, saco algún que otro as de debajo de la manga que resulta ser la mejor (y normalmente más desesperada) opción.
Nunca está tan claro que haría, sería o querría para un futuro en la confusa nube de pensamientos que ataca sin avisar.
Lo que para mí está claro, es que cuando me cuestiono en todas mis dimensiones viajando en la atemporalidad de la madrugada, me puedo recrear.