Esa vez estaba segura de lo que hacía. “Tocaba horrible el ukelele y vos lo mirabas embobada”, me dijeron.
Me acuerdo todo de ese día.
Se sentía fresco, se sentía hermoso.
Había rocío afuera de la fiesta, y una persona se había sentado a calentarse los cachetes con lágrimas por mi culpa.
Me había dicho todo lo que le pasaba. Y yo había escuchado. Tanto rato escuché, que amaneció y yo seguía ahí.
Fuimos hasta por ahí cerca, unos kilómetros más al sur y cuando íbamos volviendo sonó “José Sabía”.
Ya hacía un rato el sol asomaba después de esa primer luz nostálgica de la mañana, la que te aviva que la clandestinidad protectora de la noche pidió el cambio de turno. La que después de pasar frío sentís tan abrazadora.
“Este tema me gusta ahora”, me dijo y subió el volumen.
Yo no pude escuchar ese tema otra vez. Por mucho tiempo no pude escuchar ese tema sin sentir el calor del sol en la cara atravesando el parabrisa, en el reparo del auto; no pude cantarla sin sentir su mano apoyada en mi pierna izquierda mientras aceleraba ruta arriba para dejarme en casa. No pude volver a escucharlo sin acordarme cómo era descansar en la sensación de sentirme tan bien.
Algunos recuerdos tienen magia.