Es extremadamente lento el tiempo si lo ocupamos en esas cuestiones que dilatamos para no enfrentar. Cuando no estamos sumergidos en la catástrofe diaria, un segundo basta para entender cuestiones que, en la nebulosa de la rutina, parecen complicadas.
Sorprendentemente (o no) enfrenté fantasmas que venían dando vueltas entre mis brazos cuando agarraban la almohada y en mis sueños cuando al final la soltaba.
No se puede valorar a alguien al partir. Y yo partí.
De allá, de casa, de mí.
Un poco me alejé como quien tiene presbicia para ver que ya me había ido hacía tiempo. No interesa el lugar físico en el que esté si mi mente no lo habita.
Mirando atardeceres con gente random que me contaba sus historias, le quité la relatividad al contacto humano y, aunque dolió bastante, entendí que quien quiere desearte lo mejor simplemente lo hace y que las sonrisas pasajeras de quienes muy probablemente nunca vuelva a ver pueden ser una gran recarga de batería emocional.
Estar sola, estar lejos y tener tiempo puede ser la llave para abrir muchas puertas que permanecían cerradas, guardando cosas, escondiendo otras, algunas que ya prácticamente ni me acuerdo por qué.
Hoy pensaba entre otras cosas y los mil grados de calor de Brasil, que la corriente de aire que se puede armar cuando se abran, va a cerrar muchas más.