Me senté a mirar la caída del sol una vez más. En el medio de una ciudad que hasta hace unos meses no sabía que existía, de repente me siento extasiada.
El clima perfecto me ambienta la secuencia.
Mis ojos van y vienen buscando fotos, y me encargo de memorizar cada espacio que observo. Me prometo que si lo olvido algún día en mi vida, me mato, deslizando una amenaza de mí para mí.
El lugar en donde estoy sentada me permite leer de un tirón a mi izquierda casas antiguas de varios colores, hacia la derecha el ancho mar que crece despacio pero constante conforme el paso de las horas con un azul que es más intenso hacia el fondo, unas nubes que se entregan bastante despeinadas a diversos colores justo arriba y por el extremo derecho y sin pedir permiso, aparece a la vista la ciudad nuevamente, pero esta vez con edificios más modernos detrás de las llamativas luces de una calesita. Las de tungsteno en las veredas empiezan a teñir los edificios de naranja viejo a su paso, así que me dispongo a caminar la costanera. Mis pies indignados por la orden no me dejan avanzar diez metros sin detenerse apuntando hacia el mar, así que cuando hube parado unas cinco veces, me doy por vencida.
Intentando sin éxito capturar el momento, observo por la precaria imagen que me ofrece la pantalla algo de un blanco muy brillante y llamativo. Me ordenó separar la vista y encuentro un enorme vestido de novia, llevado por una hermosa mujer que posa con la sonrisa de quien se esta jugando la cabeza, y lo sabe. A su lado pero fuera del foco de la cámara que hace la magia, un hombre de traje (futuro marido supongo) que no puede parar de mirarla y sonreír, y un fotógrafo y un asistente dando indicaciones incesantes. De repente un perro se acerca al vestido y el dueño que pasea tranquilo lo llama de un grito cuando advierte el peligro que se avecina, el perro se va corriendo justo a un lado de un grupo de adolescentes, que todos juntos levantan chupitos de alguna bebida blanca de procedencia sospechosa y riendo pegan un fondo blanco, al unísono grito de algo en vasco, que (claramente) no pude entender. Automáticamente un grupo de cuatro chicas y un chico les dirigen una mirada bastante picante porque ven interrumpida su partida de “charadas” que venía hacía largo rato. Atrás de ellos, dos nenes corren tirando arena por todos lados para hacer unos castillos de arena con sus amigos.
Un frío recorre mi espina cuando en lugar de puntualizar en cada grupo en particular, abro el plano visual a uno más general en donde entran también mis manos ahora y mi buzo amarillo mostaza debajo de ellas, que está humedecido víctima del vapor que despidió el termo sobre el que todo mi torso se apoyó durante un lapso de tiempo que no soy capaz de dimensionar.
Sentí entonces que despedía agua por los ojos, y Dios sabe que los ojos no tienen goteras, no. Se me estaban cayendo unas lágrimas, de esas que caen cuando después de sostener tantas cadenas, aprendés a abrazar la libertad.