Embajadores - Vigo

Cuando crucé la frontera, fueron varias las cosas que me sorprendieron. Sin embargo, lo que más me golpeó de frente y por todos lados es que cuando nos presentamos, nuestro nombre de repente pasa a un segundo plano. 
“El inglés”, “la francesa”, “el chileno”, “la argentina”. 
En el momento en el que nos vemos promovidos a ser pequeños representantes de un país en otro, todos nos volvemos más patriotas, queremos mostrar nuestros usos y nuestras costumbres embebidos en el personaje que nos ata a semejante tarea. 
Y digo “me golpea”, porque es increíble como nos tropezamos en las palabras para poder expresar de dónde venimos y cuánto amamos ese lugar y lo que nos gusta y las mejores aristas de nuestra cultura. 
Basta encontrarse con algún coterráneo para tirar absolutamente todos los lunfardos que se vengan a la mente, sin filtro. Algunos se escapan sin querer frente a un compañero de cuarto que no comparte el idioma y otros, un poquito a propósito. 
De repente, somos una enciclopedia empírica viva que olvida o elige dejar a un lado por un ratito lo que nos hace pelearnos con nuestras raíces y, por algunos minutos, solo dos o tres, somos el lugar de donde venimos.