Anoche soñé con vos. Es interesante como después de lo que yo calificaría como la peor jornada de mi viaje, aparecés en un abrazo.
Antes de dormir, repasé mis contactos mentalmente viendo a quién le podría confesar lo que me estaba pasando y, sin ofender, ni siquiera estabas en la lista.
Íbamos con unos amigos a dar unas vueltas por el pueblo, y el hermano de una de las chicas en un momento se hace doler la espalda. Sin pensarlo, decido irme con ella. Te bajás del auto y decís que no tenés ya más ganas de salir entonces, que te vas a dormir, que además te molestaba andar en un coche que llamara tanto la atención. Me estoy yendo y Mica me dice que su hermano es un maricón y que no había necesidad de hacer nada.
Entonces se empiezan a ir todos y vos me agarrás despacito y me guiás para el lado contrario de donde tengo que ir.
Giro la cabeza hacia atrás lo suficiente como para mostrarte que ese no es mi camino, y te miro y me sonreís, con una sonrisa que en años quise y que detesté, esa que ya sabe lo que está haciendo, y que sabe que yo quiero hacerlo también, la que no entiende de orgullos y toma lo que entiende es suyo.
Bandera blanca, me sonrío a mí misma y la noche deja de ser fría, nuestros cuerpos como dos imanes de manera aleatoria chocan brazos y rozan torsos hasta que en un ademán estamos abrazados. Intento hundir mi cabeza en tu pecho y te das cuenta (siempre sabés cuando ando partida), y entonces tu abrazo se hace más grande.
Caminamos así y yo puedo sentir que todo, pero todo, está bien.
Amanecí confundida y más despeinada que en lo habitual, en Toulouse y preguntándome qué de todo era real. Necesitaba casi desesperadamente un abrazo en donde descansar del mundo un poco, un abrazo compañero del que hace tantos años ya no nos damos ni encontramos y me preparé el desayuno con ganas de agradecerte por regalarme tantas cosas lindas (como un recuerdo tan hermoso del que todavía podemos sacar ventaja).