Mi máxima - Roma


“Siento que soy el hombre más afortunado del mundo” dijo Tarek, mi nuevo compañero de rutas, mientras mirábamos por un balcón. 
Honestamente yo también lo había pensado, sumergida en mis propios pensamientos hacía unos minutos cuando intentaba recordar algunas de las tantas cosas que analicé al decidir si venir o no a Roma. Entre los principales argumentos que mantengo aún frescos en mi memoria encontré: que es una gran fuente del derecho, que tiene la difícil tarea de remontar los malos días en Francia y que todos los caminos conducen a Roma. 
La verdad no sé si hoy en día todos los caminos conducen a Roma. 
Tampoco sé todavía porque la noche que me explicaron que así era, me quede dormida al teléfono. 
Sí se, en cambio, que hoy a 11.142km de los míos, me encontré contando mis verdades por enésima vez, y desnudando alguna que otra vulnerabilidad y que, entre medio de la conversa y cual rehabilitada, largué la única máxima a la que todos mis pensamientos son capaces de llevarme en la actualidad: “Es muy importante perdernos a veces” -cerré los ojos para sentir propiamente el sol que nos regalaba a las 15.20p.m. un cielo celeste en la puerta del Coliseo-, Tarek no levantó la vista y yo seguí: “así después sólo nos queda encontrarnos”(“...y seguir”, pensé).