Una piba argentina en Niza me dice: “se me fue la arruga de la frente. Todo por estar un año viajando. Y la tenía marcada, eh? Pero ya no. De estar así -hace un circulito- acá.”
Lo dejé pasar. Es un comentario que pensé que era bastante superficial, comparado con las cosas que estaba viviendo yo.
Sin embargo, después de unos días se me vino su frase a la cabeza y ella con su frenético movimiento del dedo mayor dibujando entre las cejas una línea vertical. “Yo tengo la misma”, pensé. Y no sé si se me fue o no pero empecé a cocinar la idea que mis arrugas no son las de mi cara. Qué si mis arrugas son otras, esperando que me las planche algún sueño viajero, algún polvo matutino, alguna sonrisa robada por algún local de mucho autoestima?
Qué hay de mentira en esos dichos de “no te enojés que te vas a arrugar”? No te preocupés, no te enojés, no pasa nada.
Meses después de haber arrancado un camino que todavía no descubro cómo, en qué momento, o en qué sentido me hizo sentir tan distinta a quien era antes de salir de casa, desarrollo un oído supersónico y escucho a mi cuerpo charlándole a mi mente, me arremango y respiro hondo, ahora toca meter mano para conectar mejor.