La hoguera - Berlín

Me encontré analizándome a mí misma incansables veces. Quería entender que me hacía querer irme, qué me generaba tanta ansiedad cuando pensaba en volver. 
Casi 100 días después de haber puesto pausa en el “Modo Controladora” que reina mi vida, una mañana meta mate unas fichas empezaron a sonar cuando jalé la palanca. 
Yo me fui de mí hace mucho más cuando una mala relación cambió por completo quien era y lo que esperaba de los demás. Cuando dejé de sentirme cómoda en los ambientes que me recordaran qué tan sola me sentía. Cuando aprendí a desconfiar del afecto y del contacto. 
Dejé de sentir que pertenecía a todo lo que alguna vez había sido mío y me refugié en los estudios y, cuando tuve una dificultad en ese área, ya no encontré refugio en ningún lugar. Ni en la cerveza, ni en el gimnasio, ni en viejos amores, ni en los amigos, ni en la familia. Y en mi mente solo estaba irme. 
Era fácil. La respuesta siempre está ahí. Si no estás determinado a enfrentarte a cada uno de tus mambos, los palos te pasan por al lado. Así tengan el tamaño de un leño para la salamanca. 
El frío de estas tierras me dio una maravillosa idea. Agarrás el primero que te venga a la mano y lo prendés fuego. Así te das un poco de calor. Al final la hoguera va a ser grande y cuando todo termine, solo te queda mirar la luz que irradia, y alucinar. 
Por primera vez en años, siento que volviendo físicamente al lugar de donde huí con tanta urgencia, voy a pertenecer. 
Con ganas de encontrarme en mi lugar. Hoy estoy allá.